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Cuando se recibe una consulta psicológica por un niño, niña o adolescente y los padres o colegios nos dan cuenta de por qué vienen, lo importante es atender a qué motiva la consulta y cuál es el malestar que ese niño en particular trae.

Esta cuestión que parece muy evidente, en realidad no lo es, en la casuística nos vemos enfrentados a padres y colegios que ya tienen una cierta determinación de la patología que tiene el niño/a, porque la han buscado en google, porque otros padres se lo comentaron, porque calza con algún tip de revista, etc., entonces se presentan con “vengo porque mi hijo tiene TDA”, “en el colegio me dijeron que consulte porque mi hijo es asperguer”, son ejemplos de eso.

Me parece relevante poner este tema en atención, sobre todo en esta época de pandemia, que por medio, hemos visto un gran aumento de las consultas por problemáticas de salud mental infantil: ansiedad, depresión, angustia, problemas de comportamiento, problemas del dormir, etc. Todos estos síntomas o signos de malestar, no son categorías que expliquen por sí solas lo que a ese niño/a en particular le ocurre. Cuando sólo nos dejamos guiar por esas categorías denominativas se pierde de vista la singularidad de cada uno, sus procesos de desarrollo, su mundo interno y las formas particulares en que se vincula con su entorno.

El contexto escolar y social tiende a colocar parámetros muy exigentes sobre las infancias y adolescencias, esperando de ellos respuestas sobreadaptadas, idealmente cero conflictos, comportamiento sumiso, obediente y normativo. Por eso surgen alarmas con respecto a si es o no normal el destete, el dormir, el control de esfínter, la falta de atención en clases, dificultades para seguir instrucciones, oposición, etc., sin considerar su etapa de desarrollo, aspectos contextuales y devenires propios de su historia. Es decir, se pierde de vista al sujeto y eso es muy preocupante.

Ahí, es donde aquellos que trabajamos de alguna forma en contacto con las infancias y adolescencias debemos devolver esa mirada singular y centrar el propósito en el malestar y sus motivos, ¿de qué se trata?, ¿desde dónde surge?, ¿cómo se presenta?, ¿qué quiere mostrarnos?, estas preguntas son vitales para visualizar como los adultos a su alrededor pueden acompañar y contener.

Lo relevante es mirar todos esos comportamientos que les preocupan desde lo que significan y pretender transmitir para entonces orientarse no en “arreglar el problema”, sino en comprender y acompañar, para aliviar el sufrimiento que puede sentir.

Esto también, implica restarse a veces de mandatos sociales y de la extrema importancia que se la da a aspectos normativos y muchas veces culposos sobre lo que somos o no capaces de hacer como padres o que nuestros hijos pueden lograr. Además, hay que comprender que en el transitar de la crianza se dan conflictos, que muchas veces es difícil y cansador, y que, por lo mismo, se debe ser benevolente con el niño y con nosotros mismos como padres.

Entonces, ¿cómo saber cuándo consultar?. Aquí, pienso que lo más relevante es prestar atención al modo de funcionamiento del niño, niña o adolescente, hay que ser observadores sensibles, atender a cambios significativos en su forma de ser, por ejemplo en el nivel de actividad, sueño, alimentación, regresiones. Todo esto podría dar luces de que está lidiando con algo difícil y nos necesita.

Pensar en los comportamientos difíciles, como desregulaciones, agresión o comportamientos de oposición no en forma de manipulación o como un ataque personal a la autoridad paterna o del sistema, sino como formas de descarga y de intentos de regularse o de marcar límites cuando se sienten transgredidos.

Las dificultades de atención, problemas escolares, hiperactividad también deben ser pensados desde la perspectiva del niño y lo que ese exceso o falta significan para él y no, como suele ocurrir, como formas de oposición al sistema.

También debemos atender a aquellos que presentan formas de resolver de forma más internalizante, por ejemplo retracciones, dificultad para conectarse con los otros, perdida de la capacidad de disfrutar, conductas temerosas. Estas formas de funcionamiento, suelen pasar más desapercibidas por el mundo adulto porque son menos “disruptivas”, sin embargo, son formas de tramitar el malestar y deben ser atendidas. Lo mismo ocurre con algunos malestares físicos, que tienen relación con estados afectivos y la dificultad para poner en palabras aquello que lo aqueja y que sólo puede tramitarse en el cuerpo.

Para lograr, como adultos alrededor de un niño/a o adolescente, hacernos cargo de sostener estas quejas, acompañarlas y contenerlas, debemos primero darnos el trabajo de conocerlos, atender a su historia, sus contextos y sus formas de funcionar y así lograr dar un sentido a aquello que lo aqueja. Solo de esta forma dejaremos de ver a las infancias y adolescencias como producciones en serie, donde todos deberían funcionar de la misma forma y para las que existen tips y recetas estándar o medicamentos tipos para atenuar aquello que nos parece disruptivo.

La invitación es entonces a mirarlos sensiblemente, atender a sus necesidades, responder oportunamente a su llamado, no invisibilizarlos como sujetos, evitar etiquetas y sobre diagnósticos que no son comprensivos y también sobre normalizaciones que silencian el malestar y los dejan sin posibilidad de ser acompañados.