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Muchas veces hemos escuchado a personas decir que la ley pareja no es dura. Cuando lo escuchamos en el contexto de la crianza, es muy importante que pensemos su aplicación detenidamente. Lo que aplica para un niño en un momento determinado, no necesariamente es adecuado para otro.


En algún lugar dentro de nosotros sabemos que la ley pareja es dura, muy dura. Puede ser que recordemos alguna experiencia en que consideramos que no era justo conformarse con este argumento, que sentimos que algo en nosotros se resistía a creer que si era así para otro, entonces era tolerable. Pero si profundizamos con honestidad y valentía en nuestras experiencias de vida, podemos conectar con las emociones asociadas a “experiencias de montón”. Una aproximación a la experiencia escolar puede abrirnos el camino; cuántas decisiones que serían mucho más acertadas si consideráramos las particularidades podrían facilitar el proceso individual de los niños. Y con esto no le estoy restando importancia a la necesidad de una estructura que defina en términos generales el marco de lo esperable y el mapa de ruta para ese grupo etáreo. La magia surgirá cuando logremos el equilibrio entre lo que podemos establecer como común para las características de la etapa del desarrollo y las necesidades particulares de cada niño. Es todo un desafío equilibrar el árbol y el bosque, respetar el desarrollo de la subjetividad de cada niño, considerando el grupo al que pertenece es fundamental para brindar seguridad, potenciar una autoestima positiva y facilitar sanos procesos de socialización.


Aquello que nos hizo sentir alguna vez que la ley pareja sí es dura, puede haber sido esa certeza interna que nos impulsa a darle un espacio a las diferencias individuales: todos somos distintos, sentimos distinto, pensamos diferente, tenemos tiempos distintos. Y eso es muy humano. No somos seriados, no somos iguales. Cada quien con su individualidad.
¿Por qué a los adultos nos cuesta tanto asumirlo? Porque nos hace la vida cotidiana más difícil. Porque si la receta no nos sirve para todos, entonces necesitamos recetas diferentes para cada situación y para cada niño. Porque si el argumento no nos sirve para explicar muchas historias, entonces el esfuerzo se vuelve demasiado.


Si pensamos que cada niño es distinto, que cada uno es un mundo y queremos actuar en consecuencia, entonces debemos deternernos!! Necesitaremos tiempo para observarlo, para descubrir su individualidad, para pensar sobre las motivaciones detrás de su conducta, para ponernos en su lugar y comprenderlo.


Y eso no es todo!!

Un abordaje comprometido de nuestro rol en la crianza requiere de una mirada hacia adentro. La invitación es a poner bajo la lupa nuestra propia experiencia de niño o niña, aquella historia que fue sucediendo(me) y que hizo que hoy sea quien soy. Y eso es difícil!! A veces tanto, que muchos adultos prefieren pensar que si sobrevivieron, no fue tan malo (uf!!). Las secuelas de no haberse sentido visto, escuchado, considerado especial y digno del tiempo de quienes nos cuidaron son fundamentales para entender quiénes somos hoy y cómo nos relacionamos con los demás, qué lugar ocupamos en las relaciones que establecemos, lo que escogemos, las decisiones que tomamos y las que no.

Aquello que nos impide mirar nuestra historia es lo que nos dificulta ponerla en cuestionamiento y sostiene nuestras prácticas como padre/madre/cuidador hoy.